Milei quedó vestido esperando a la Selección Argentina que le dijo que No

Milei quedó vestido esperando a la Selección Argentina que le dijo que No

Hay una escena que resume mejor que cualquier discurso lo que dejó la final del Mundial. De un lado, funcionarios pensando cómo recibir a la Selección. Del otro, los jugadores haciendo las valijas con una sola idea en la cabeza: volver a sus casas.

Mientras el Gobierno analizaba distintos formatos para homenajear al plantel, los campeones del mundo eligieron el camino menos ruidoso. No hubo caravana, ni balcón, ni acto oficial. Hubo silencio. Y, para una derrota, probablemente era lo único que correspondía.

Javier Milei contó en una entrevista televisiva que se habían preparado varias alternativas para recibir al equipo, pero que fueron los propios futbolistas quienes decidieron que no hubiera festejos. La explicación es tan sencilla que cuesta entender por qué hizo falta decirla: habían perdido una final del mundo.

No había nada que celebrar.

Sin embargo, en la Argentina parece existir una extraña necesidad de convertir cualquier episodio deportivo en una oportunidad política. Si la Selección gana, aparecen los saludos oficiales, las fotos y los discursos. Si pierde, algunos igual buscan la manera de quedar dentro de la imagen.

Como si el fútbol nunca pudiera pertenecer solamente a los futbolistas.

Lo llamativo no es que el Gobierno hubiera pensado un recibimiento. Es lógico que un subcampeón del mundo merezca reconocimiento. Lo desconcertante es la velocidad con la que algunos sectores imaginan escenarios antes de preguntarse qué sienten quienes acaban de perder el partido más importante de sus carreras.

No hacía falta un comité organizador.

Hacía falta ponerse por un instante en la piel de un plantel que estuvo a un paso de volver a escribir la historia.

La decisión de los jugadores terminó siendo, quizás sin proponérselo, una lección de sobriedad. No buscaron disfrazar la frustración de épica. No aceptaron que les organizaran una celebración para maquillar el resultado. Tampoco alimentaron esa costumbre tan argentina de presentar cada derrota como una victoria moral.

Perdieron.

Y actuaron como pierde la gente que compite en serio.

Con bronca.

Con tristeza.

Con ganas de desaparecer unos días.

En tiempos donde todo parece necesitar una transmisión en vivo, una puesta en escena y una publicación en redes sociales, el plantel eligió algo que hoy resulta casi revolucionario: preservar la intimidad del fracaso.

Porque perder también forma parte del deporte.

Y no todas las emociones necesitan un escenario.

Quizá esa haya sido la imagen más auténtica que dejó el regreso desde Estados Unidos. No hubo colectivos descapotables ni balcones repletos. Tampoco hubo dirigentes disputándose un lugar en la foto.

Solo un grupo de futbolistas que prefirió volver a abrazar a sus familias antes que participar de una ceremonia que jamás habían pedido.

Hay veces en que el mejor homenaje consiste, simplemente, en no molestar.

Y esta fue una de ellas.

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